Empiezan su partida. Todos en las calles, en sus casas, en sus hogares, con sus pequeñas familias. Mueven un peón. Y salen a ver qué pasa, abren las ventanas de la televisión, escuchan las noticias. El segundo mueve otro, planea su estrategia tres movimientos antes. Se horrorizan, se escandalizan o se ríen, todo depende de lo que el hombre en la caja diga. Mueven un peón fuera de su casilla inicial. Y los trabajadores salen a sus trabajos, se despiden de la esposa y de los hijos.
Siguen moviendo las piezas de marfil. En sus grandes pisos, perdidos en alturas insondables para un humano. Juegan en la mañana, en la tarde, en la noche, juegan siempre. Su vida fluye en esos pisos, dirigiendo, administrando a todos los que reposan debajo. Cada pieza, cada día, algunas mueren, algunas nacen pero siempre todas están en sus manos. Todo trabajador tiene un valor, un papel en la estrategia, cada pieza es tan importante como su muerte lo valga. Nadie los conoce, pocos los han visto, son los jefes, los dioses, los grandes. Ellos juegan, y sus piezas son de carne y hueso.
De repente aparece una reina en sus tableros, una reina no blanca ni negra, sino ligeramente azul. Ella se despierta, en sábanas de fríos pliegues y tibio exterior, abre los ojos y ve la tardía hora, se levanta. Asombrados ven como esta reina azul se mueve a su voluntad. "Agenda: Biblioteca, café, almuerzo, café, trabajar dos horas, dormir tres, té, museo, evento, cena, cita, sueño. Un tercer jugador, pero ellos son los dioses, los administradores, odiaron su asombro e insulto. Deciden tomar acción, peón, peón, peón, atacad. La detienen, por su blanca piel y rasgos alienantes, su ropa "extravagante" y por el disfrute de la cercanía de sus facciones, pero nadie logra retenerla, ella suavemente nada entre los dedos de los policías. Enojados, molestos, no quieren jugar con el misterio, ignoran a la reina azul.
Baila con los peones, se mofa de los alfiles, acampa en las torres y uno de ellos cree que tiene seducido a su rey. Día, tras día en las calles de la ciudad con muchas cuadras ella disfruta de su vida, recuerda el mar pero es una memoria lejana. Entonces mandan a la caballería. La comienzan a perseguir los agentes, los secretos, en sus sueños le habían hablado de ellos, criminales que extraen a las mentes de los diferentes para que regresen como miembros funcionales de la sociedad. Pero logra escapar, los dos rivales, los dos jugadores se unen, quieren muerte, quieren sangre azul, sangre real. Escapa, se esconde, en cada casa que conoce, en cada fantasía, pero no lo logra, simplemente conocen donde está y siempre tocan la puerta las sombras. Jaque Mate a la reina intrusa, luego de correrías por todo el tablero. Muerta, exiliada o sin sueños, ¿no es acaso todo lo mismo?.
Ellos siguen jugando, desde sus alturas insondables para cualquier humano. En el suelo, en los pisos, en las calles su voluntad es hecho. Desde que los tiempos iniciaron, ellos jugaban, ellos inventaron las partidas, los hombres quisieron ser ellos y las copiaron. Como marionetas unidas con hilos a la voluntad de sus superiores. Una torre, una guerra, un rey, un presidente, una reina, un diosa, un peón, un hombre, un caballo, un ejército, de marfil todo, como el hueso que sostiene la carne. Ellos caminan, sin dormir, duermen sin soñar, siempre en los cuadros que se espera que cumplan. Pero las piezas azules aparecen, molestándolos. Es cuando alguien sueña, quiere y desea.