“Cualquiera puede soñar” dijo halando el cigarrillo, todos supimos que nos quedaríamos aquí un buen rato, estábamos paralizados, decenas de soldados fuertemente armados rodeaban el pequeño local, la electricidad había sido cortada en todo el barrio pero las velas que las meseras encendieron antes de que ellos llegaran daban suficiente luz para entender que no nos podíamos ir.
“Pero tus sueños se hacen realidad, lo que ves cuando duermes es el futuro”, le contestó él, demandante, quería que ella le diera algo, nosotros no entendíamos el lío que se había armado. Ella y su acompañante llegaron poco después que nosotros, pidieron algo de comer y procedieron a alimentarse no con gusto sino como en una misión.
“Los sueños de todos los que están aquí se hacen realidad, mientras todos duermen lo que captan son futuros probables, en alguno de los universos que corren paralelos al nuestro lo que soñaste anoche se está desenvolviendo en la realidad”, dio una pausa y un trago a la cerveza que había pedido, – “¿o estar aquí, en este pequeño restaurante a la luz de las velas, frente a mí, es lo que soñaste?, lo dudo, de ser así me quitarías el trabajo”, todos sudabamos, las cocineras en su confusión dejaron la carne en el asador y las frituras en el aceite, el olor a quemado era una incomodidad distante.
“No creo que estar aquí sea el sueño de nadie, pero si todos los sueños son realidad ¿por qué solamente los tuyos corresponden a la nuestra?, ¿soñaste estar aquí anoche?”, “Nosotros dos tenemos suerte, somos bendecidos probabilísticamente, de todo lo que podemos captar la casualidad hace que cada noche lo que nos llegue se corresponda con lo que sucederá y nunca nos hemos equivocado, pero eso no desvanece la probabilidad de que pueda suceder”.
“Tus clientes son políticos, mandatarios, generales, empresarios, ellos pagan por el futuro, por las cantidades que te dan no creo que ellos se se permitan, te permitan el lujo de que puedas equivocarte”; ella demostraba que ganaba buen dinero por lo que sea que hiciera, la ropa que llevaba puesta costaba más que el sueldo de todos los presentes. “Ellos pagan por un consuelo, una esperanza, entienden que un sueño es una maldición, una profecía que demandará ser cumplida, si no lo logras serás un fracaso”, “Si el sueño no se cumple, ¿no será que te equivocaste?”, “Nunca me he equivocado, así que si no logras lo que quieres quien ha fallado eres tú. Una vez que intentas ver el segundo que sigue ya lo has partido todo en dos, será un éxito o un fracaso, y lo que viste fue un error o un acierto”.
Ella estaba escandalosamente cómoda para estar hablando con uno de los grandes generales del ejército, ¿sabía que no podía hacerle nada o así lo había visto mientras dormía?, su acompañante estaba nervioso pero así había estado desde que llegaron, comer había sido más una misión que un gusto o una tarea, algo que hacer mientras esperaban, él no separó sus labios en la conversación, ella era quien llevaba las riendas de todos en el merendero.
“Quiero que sueñes algo para mí”, demandó el general, “lo sé” respondió “¿pero decirte como debes de proceder en batalla no me quita el sombrero de vidente y me hace una estratega?”, “quiero que me digas si ganaré la guerra”, “¿qué pasaría si te digo que la perderás?”, de reojo vi a una de mis amigas que había comenzado a llorar, en las calles circulaba el rumor de que nuestro país iría a la guerra pero perderla significaría perder nuestra libertad, la simple idea nos atemorizaba.
“Igual tengo que lucharla, todos los hombres irán al campo y pelearán con toda su sangre, cuando la última gota se derrame entonces habremos perdido y estarás en lo correcto”, “y si te digo que la ganarás entonces tendrás la cruz de tener que cumplir mi profecía, durante toda la noche darás vueltas en la cama y pensarás cómo podrás lograrlo, cómo llegarás a la cima, cómo izaras la bandera, cómo serás el nuevo emperador”.
A estas alturas ninguno de nosotros entendíamos nada, éramos un grupo que había venido a este restaurante a celebrar el cumpleaños de nuestro amigo, habían en las otras mesas familias, trabajadores, esta gente estaba hablando de poner nuestras vidas en juego, este general dejaría todo en manos de esta mujer arrogante, tan arrogante que no le tenía miedo al soldado que le apuntaba desde atrás.
“Probablemente sí, si me dices que la ganaré tengo que ganarla”, “me darás esta maleta de dinero por darte una profecía, pero no quiero decirte si ganarás o no”, “ la maleta de dinero es por esperanza, por una expectativa, por algo”, ella se levantó, el soldado que le apuntaba se acomodó pero el general le hizo una señal de que se detuviera, tomó la maleta, la vio despectivamente, sacó un fajo y le dijo a la dueña del local, quien estaba detrás del asador, paralizada y nerviosa: “Esto es por los problemas, todo lo que sus clientes están comiendo debe de poder pagarse con esto y le sobrará algo extra”.
“Mi profecía es esta: hoy irás a la cama, no podrás dormir, vas a repasar los planes de batalla una y otra vez, vas a querer escapar pero tu honor te va a clavar el uniforme. Mañana lucharás con fiereza, tus hombres con dignidad y valor, el día terminará, el sol se pondrá y dentro de dos días seguirá amaneciendo”; tomó el resto del dinero y se retiró, los soldados le abrieron paso pues ella no les pidió permiso, su acompañante la siguió nervioso.






