No hay lugar como el hogar #2 – Los tres acompañantes

Y en el horizonte ya estaba avanzada la pelea, la guerra le pareció un huracán de sangre y gritos que elevaba un espantoso olor a óxido. Por todos lados hombres y mujeres gritaban, sus ropas estaban llenas de lodo, de sangre y de tierra. Las espadas eran un arma, las lanzas eran un arma pero un brazo amputado, una cabeza sin cuerpo o cualquier cosa que se encontrara tirada en el suelo haría una magnifica herramienta para terminar la vida del oponente. Nadie tenía uniforme, desde donde estaba parada solamente se veían monstruos luchar, no sabía quien estaba ganando, quien estaba por elevar la bandera blanca y de parte de quien iba a pelear.

Caminó hacia el epicentro de la lucha y mientras más se acercaba el olor a óxido, sangre y sudor le ofendía más. Nadie la tomó como enemiga, nadie la tomó como amiga, solamente caminó entre el barro carmesí y se apartaba cuando una de las contiendas estaba demasiado cerca. Ella, que nunca había sabido nada de la muerte en su vida de granja se encontró con tres cadáveres.

El primero había sido decapitado hacía unas horas, su cerebro rebosaba en su cráneo como una copa demasiado llena, infestada por moscas. Ante esta visión ella se preguntó qué era eso que salía de la cabeza de ese hombre, su propia cabeza siempre había estado hueca,  cuando la golpeaba se escuchaba como una caja sin nada dentro.

Siguió molestándole la idea de los sesos cuando un segundo cadáver murió frente a ella, alcanzó a ver como un hombre se abría el estómago y sus intestinos reptaban fuera del. Se llevó sus manos al vientre y lo apretó, nada, si apretaba con la fuerza suficiente lograba sentir su columna vertebral al otro lado, no tenía esas serpientes que el hombre estaba expulsando.

Eescuchó un grito a unos metros detrás de ella, se giró para ver y un hombre sacaba su espada del pecho de otro, mientras lo hacía giró la hoja para separar las costillas y el corazón quedó expuesto para que todos lo vieran; todavía se movía, estaba cerca de rendirse, pero ella nunca había visto eso, apretó su dedo índice contra su propio esternón, nada. No había nada dentro de su caja torácica, sus pulmones estaban ahí pero no luchaban por vivir como el corazón que ya había expirado.

Los dos ojos asesinos la vieron, no eran de un hombre, no eran de un ciudadano, no eran de un combatiente de dios o de la tierra, solamente eran dos ojos llenos de furia, enmarcados en un rostro empapado con sangre y dos brazos saltados y borboteantes de fuerza; un grito salió de la boca de la bestia y el aliento llegó hasta ella. El miedo de ver una espada levantarse hacia su dirección la congeló, no pudo moverse, no pudo correr, no pudo gritar, simplemente se quedó de pie mientras una gran espada la cortaba en dos desde la cabeza hasta el vientre.

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