La Encadenada

Su madre había visto con horror lo que sucedía bajo su propia casa, temblando y gritando corrió al cuarto en el lado escondido del cerro,  el cual habían construido para los tiempos de inundaciones, y se quitó  la vida. En su mente estaba grabada, clavada y tallada la imagen del viejo admirando la fotografía de su hija, la misma que habían colgado en el rincón de la sala, el horror inundaba la mente de la madre como la lujuria la del viejo.

Los demás hijos poco a poco se fueron, su madre había muerto y su padre se olvidaba de ellos. Nunca se habló de lo que sucedía durante las noches, para él era un secreto, para ella una vergüenza. La única forma en que podría escapar de que el viejo la engullera todas las noches era que él muriera, pero como un árbol con cada año se volvía más fuerte y sólido.

Todos los domingos iba junto a su padre a misa, como la familia ejemplar que había sobrevivido la muerte de la jefa de la casa estaban en primera fila. Desde ahí un joven siempre observaba tímidamente, ella lo vio y observó su esperanza de ser rescatada, ella le vio con los ojos enrollados, luego un susto en el rostro del muchacho, su padre le había disparado una mirada que lo espantaba.

Se lo encontraba en sus paseos de la tarde, hablaban durante horas, cada palabra que salía de la boca de él  estaba llena de honestidad, cada palabra que salía de ella era calculada con frialdad para enamorarlo hasta la locura y que tomara la justicia en sus manos.

Un día mientras ella salía a pasear el joven se armó de valor, tuvo frente a él la imagen del viejo viendo hacia una esquina muda de la sala, pronto descubrió la fotografía de su novia cuando estaba joven. En un segundo aclara su garganta, en el otro sale corriendo huyendo del viejo enfurecido.

El horror, el temor, la desesperación, no quería perderla, no quería perder a su más preciado tesoro, qué haría sin el amor de su vida, no podía dejar que se le escapara. Cuando su hija llegó a la casa la golpeó, la tiró al suelo, la pateó y pronto descubrió que estaba inconsciente. Así nunca se podría escapar, era bella, como un ave a la que se le cortan las alas para que siempre este protegida en su jaula.

En el silencio y protección de la noche la llevó a aquel lugar donde su esposa había subido a cortarse las venas, en el piso todavía había una mancha de sangre, tiro a su hija, y la amarró con lo único que encontró en la choza: una oxidada cadena para amarrar perros.

No tenía otra opción más que comer tierra, la había amarrado demasiado fuerte no podía mover sus piernas. Llevaba aprisionada dos semanas en este cuarto, lo único que la mantenía viva era el polvo que podía llevar a su estómago. Con la punta de la lengua como pala escarbaba la superficie, durante horas lamía el suelo, el lodo nunca la iba a llenar.

Nadie la había visto en el pueblo, su figura ya no se pavoneaba asustada por las calles, el joven se presentó en el portal de nuevo y le preguntó por la hija. Entre carcajadas le contó el viejo a su hija lo que le había dicho, con orgullo gritaba que se lo había inventado en el momento, “Se fue a cruzar la frontera hacia Estados Unidos, no le dijo adiós a nadie porque odiaba a todos en el pueblo y solamente quería olvidarlos”.

Esa noche el joven entre sollozos por haber perdido el verdadero amor se desesperó, había perdido todo, su razón de vivir, ella nunca lo había amado, había sido su imaginación, su existencia completa se había ido, desde una esquina lo observaba un lazo que se usaba para aparejar a los caballos, se colgó desde una viga sin pensarlo dos veces.

Cuando el viejo le dio la noticia ella no pudo parar de llorar, él no entendía por qué ya que lo tenía a él, era todo lo que necesitaba y él nunca se iría de su lado. Una voz en su cabeza le dijo que se merecía ese castigo por haber nacido y que ahora para pagar una muerte tenía que dar su propia vida.

Lloró hasta que sintió que sus ojos se iban a caer, las lágrimas cayeron en el mismo suelo donde la sangre de su madre se encontraba y donde reposaba el cuerpo de la persona con quien había jugado. La tierra recordó el dolor que habían sentido, el dolor de su madre horrorizada, el dolor del enamorado y ahora el dolor de la hija. Ella pidió ser liberada, quería dejar de sentir dolor y la tierra le concedió su deseo. Dos brazos salieron del suelo donde estaba acostada y la abrazaron hasta romperle las costillas, hasta dejarla sin vida tirada como un saco de sangre y huesos.

Cuando el viejo entró en la choza esa noche no pudo contener el horror ante la imagen de una bolsa de huesos y dos brazos de tierra ofreciéndole las cadenas que la habían sujetado. Él había perdido su razón para vivir, su esposa se había ido, su amante se había ido y ya no le quedaba nada. De las sombras aparecieron las imágenes de su amada esposa e hijas quienes le ayudaron a atar la cadena en su cuello y le dieron el último empujón para caer a la muerte.

Esta es una reinterpretación de la historia La Mariposa Negra escrita por Jorge Montenegro para Cuentos y Leyendas de Honduras (click aquí para ver el original).
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