Desde el séptimo día se mantuvieron quietos, como estatuas pues el creador estaba descansando, nadie se movió ni cantó, y la luz se mantenía quieta pues el tiempo no había sido creado en el cielo, todo sería perfecto, todo sería eterno. Los ángeles eran estatuas, sus manos sobre las arpas pero no eran tocadas, sus mentes, islas independientes, imaginaban el sonido de lo que veían con sus ojos, castillos de gloria con ventanas pero sin puertas.

Los siete días anteriores fluyeron por la arbitrariedad del creador, quien deambulaba entre los pilares del universo, solamente él, pues su creación era buena y no tenía que modificarla, mejorarla o demolerla. El determinaba cuando todo comenzaba y cuando terminaba, cuando el sol salía y se ocultaba.

Pero en el octavo día comenzó a ver los pequeños defectos en lo que había hecho, articulaciones mal hechas, fallas en las bases del mundo, y le aburrió, le avergonzó, no quería verla.

Así que regresó al cielo donde no había creado el tiempo, todo permanecía estático y los ángeles estaban colocados estáticos en las islas de sus mentes. Hizo al humano dormir y lo levantó hasta entre las nubes, donde el sol alumbraba los rostros de los ángeles quienes críticamente observaban aquel ser amorfo que les había robado a su creador.

Y les preguntó: ¿No es esta mi más grandiosa creación? Todos obviaron la imperfección de aquella masa de carne y que escurría sangre al ser exprimida, no era pura, no era perfecta, pero había sido creada por quien ahora la llamaba su más perfecta creación, así que debía de serlo. En las islas de sus mentes dijeron que sí, y él estando solo creyó que la isla de su mente era el universo completo que acaba de crear.

Pero en una de esos espacios cerrados alguien no vio la perfección, alguien entendió el absurdo y la complacencia del creador al llamar al humano su más perfecta creación, ellos resistirían el paso de la eternidad sin moverse, imaginando que complacerían a su padre con música que jamás sonaría pues la falta de tiempo no permitía que nada fluyera.

En su furia interna descubrió algo, su dedo podía moverse de la antorcha que sostuvo antes de que se partiera la oscuridad, podía moverse, entre más odiaba la cara dormida del hombre que tenía enfrente de así con mayor libertad podía mover su dedo.

Y cuando el creador se posó enfrente de él sacudiendo el saco de sangre, su interior se volvió fuego y gritó: no. Y el tiempo fue liberado.

Como hilos invisibles se desenredó entre toda la creación, un conflicto, eso haría que la vida tuviera que morir, que una acción generara una reacción, y la luna fue roca sólida en oposición al sol gaseoso. Y del horror de descubrir que más allá del la tierra conocida de su mente había más el creador soltó al hombre quien cayó en la tierra, pues ahora para  la subida habría una bajada.

Y aprovechando lo que acababa de descubrir el creador se creó una pierna y empujó al ángel de su pedestal, y para aquél que había subido este bajaría, ejerciéndose en si todo el contrario a quien lo había expulsado del cielo en una reacción colérica.

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