Cayendo en el río vimos a la vieja razón, ¿muerta?, ¿viva?, realmente no importa, sus brazos languidecieron al darse cuenta del sufrimiento que pasaría, el chocar de su cráneo con las piedras del fondo, sus brazos romperse en el abrazo fatal de la eterna corriente. Ella fue la razón, y su cuerpo palideció ante la irreverencia del río, siempre corriendo, nunca detenido, besó la superficie rugosa del rápido, se despidió del mundo con un grito gutural y en el agua le dio la bienvenida en una caricia íntima, entrando a sus entrañas con fuerza majestuosa.
El río fantaseaba levemente con el momento de su encuentro final, bella, agraciada, quería abrazarla, tenerla dentro de sí, en una mórbida fantasía de entrega total. El río fantaseaba, soñaba con sus propias locuras, con sus océanos de libertad, fantaseaba con acariciar los pies de una damisela durante su baño, pero al acercarse para el acoso solamente la acariciaba por unos momentos. Fruto bendito de su vientre, sus hijas, ninfas hermosas, cabellos de oro y cuerpo sin existencia lo atravesaban, ellas vivían en él, el fuerte las protegía en su interior.
Ella era la razón, pero la visión de su muerte aguada le hizo perder la calma y convertirse en justificaciones emotivas, ella era la razón y mientras caía extendió sus brazos para intentar alcanzar la mano que nunca la ayudaría. Ella era la razón y en su última calma de vida recordó las causas de su entrega, nadie la empujó, nadie la forzó, simplemente estaba cansada de tener siempre la razón.







