“De puerta en puerta, de fiesta en fiesta, de lugar a lugar, sin verdadero sentido de la dirección, siguiendo un leve halo de sonido, una verdadera vagancia de destino, en la noche grisácea buscábamos cualquier punto rojo, cualquier luz amarilla que ocultara el caos del sonido sin forma, de la multitud sin mente y del movimiento sin norte, de puerta en puerta entramos, de fiesta en fiesta disfrutamos, de lugar a lugar intentábamos caminar sin un verdadero sentido de dirección, sin un destino propio más que pasar la noche.”
De repente, en la penumbra azulada descubrieron un sonido armonioso, suaves danzas del cuerpo eran sugeridas por las llamas eléctricas de color amarillo que se elevaban hacia el cielo, buscando las estrellas y alabando a la luna. Entonces por las grandes puertas de manera, custodiadas por guardias hace tiempo hipnotizados por un poder para ellos desconocido, los invitados retirados hace horas, solo los más fieles quedaban en el templo, y ellos intrusos eran simplemente pichones en la cúpula, sin ser interrumpido por sus risas y cantos siguió el culto a lo desconocido.
Tontamente dieron tumbos hasta el centro del altar, y comenzaron a hacer sus movimientos verduzcos, cultos a las masas que todavía llevaban pintadas en sus rostros. La música era un coro de violines y una orquesta de los cánticos de las bailarinas sacerdotisas, cantos luminosos que llenaban el espacio de pureza y santidad, cantos que viajaban como una suave bruma, como humo de opio, como las fantasías que invadían los pulmones de las vírgenes ceremoniales.
No notaron los movimientos de sus anfitrionas: Lánguidos movimientos de brazos, suntuosos bamboleos de cuerpos encerrados en campanas doradas, sus rostros absortos en el mundo de las fantasías, esperando a que la diosa luna hiciera su aparición, nadando en sueños hacia las estrellas, hasta besar las puntas de las estrellas y acariciarlas con sus dedos llenos de vacío, luego, cayendo en la nada sus vestidos de hilo de oro, sus atavíos de diosas, se llenaban y en giros en el aire se entregaban, las nubes encerraban sus cuerpos con su abrazo deseoso pero ellas las alejaban con sus palmas, sus cuerpos eran del mar, de la luna, quizá de la inmunda tierra pero jamás del aire. Manos al suelo, pies danzantes, cuerpos erectos, bocas entregadas, rostros dispuestos, ojos entrecerrados, soñadores de sueños, bellezas sacadas de su altar, esperando a que la luna llegara.
Entonces la luna se asomó por el óculo, entonces la luz plateada fue la montura para los relieves vestidos de oro, las pobre víctimas no se dieron cuenta de lo que pasaba, pero la ascensión imaginaria se hacía realidad, en caricias del aire, en besos ascendentes se montaron, y en un crescendo de placer ellas subieron hasta besar los cráteres de aquella su diosa, y los perdidos, los escapados, los que accidentalmente entraron en esta puerta, en esta fiesta, en este lugar sin un verdadero sentido de dirección, fueron dejados en la prisión lunar, para ser alimento del espacio inexistente, la luna los engullirá en sus bocas y a las estrellas regurgitará su alimento.








