Y así llegó no a la idea sino a la realización de que la luz que tenía frente a sí, la luz que cegaba sus ojos, no era una luz de leyenda sino la luz de la muerte que lo llevaba. Entonces con agua en lugar de aire para sus pulmones, dijo el nombre de quien buscaba en forma de burbujas de dopler. – TL
Era un día de ofensivo calor, la humedad hacía que con sólo salir a la calle la ropa se volviera húmeda e incomodara la gracia y belleza de cualquiera, pero ese día él tenía una cita, en una casa de playa visitaría a unos amigos, a quienes apenas conocía, pero no había nada que hacer y una vista al mar no se escuchaba tan mal.
Llegó como una sorpresa, su pareja de amigos dijo que esperaban a alguien más, maravillas hablaron de la invitada de honor, hasta llegar al punto de hacer sentir al primero un poco apenado por la sorpresa que les dio. Escritora, artista, belleza, conocedora, interminables adjetivos eran engarzados al tejer la vida de quien sería su compañera de hospedaje. “No, no, no puedo quedarme vine solamente a pasar el día”, “Tonterías quédate el fin de semana entero”. Pero a pesar de los ruegos decidió no permanecer más que una jornada.
Tomaban el té, frío con rodajas de limón flotando entre hielos y hojas de menta, delicioso, un poco demasiado, se notaba el esfuerzo para impresionar pero él no era el objetivo de los esfuerzos sino quien pronto llegaría.
“Pronto” se convirtió en horas, y mientras esperaban los temas de conversación se derretían como cubos del hielo al final de la jarra de té, los anfitriones, dos no una y uno, corrieron a preparar otra, desgraciadamente no era tan perfecta como la primera, demasiada menta, demasiada azúcar, demasiado limón y poca agua.
Entonces se escuchó un motor acercarse, el primero de los dueños de la casa corrió a espiar por una ventana, era ella, anunció la llegada de su ansiada visita en un tono tan fuerte que demostraba emoción, pero su voz vibró con la duda correspondiente a los nervios y el miedo.
Era un bugatti verde, descapotable y su conductora acababa de soltar sus cabellos del aprisionamiento de un casco de seda, sus ojos eran tan altaneros como su auto, se quitó los guantes blancos e inmensos lentes oscuros. Saludó de manera seca y tosca, el segundo de los anfitriones tendió su mano para ser presa de las garras de arpía, pero la esfinge estaba demasiado ocupada arreglando su ropa como para notarlo. Entraron todos.
El té frio se había disuelto gracias al hielo derretido dentro de la jarra, le ofrecieron un vaso pero dejó a su sirviente con la mano tendida pues se distrajo examinando la colección de libros. Los volúmenes que ella había escrito estaban deliberadamente colocados en lugares obvios, en la mesa de café, en el sillón vacío, el objetivo fue tan obvio que se le hizo vulgar. Ella respondió a las sugerencias, sin esperar que se lo pidieran tomó su primer libro, sacó una pluma de su bolsillo y lo firmó, con una ilegible dedicatoria.
Durante los minutos que parecieron horas se movió por toda la sala, su paseo era acentuado por el pesado sonar de tacones sobre el piso de madera, sus piernas desnudas ascendían a una falda que arriba de la rodilla empezaba a escalar el voluptuoso pero fino cuerpo hasta encontrarse con una chaqueta pesada, cuadrada de botones al frente que se abrían seductoramente para mostrar una camisa de algodón, debajo de todo un sostén de encaje negro. Sus pasos eran chocantemente seductores, como su ropa, una pierna delante de la otra en un baile digno de cualquier salomé. Todos los que la admiraban, aunque no directamente interesados por ella, estaban dispuestos a cortarse sus propias cabezas al momento en que ella lo pidiera.
Fue entonces cuando, luego de no más de una centena de palabras, anunció su partida, pero el invitado que llegó antes que ella no podía dejarla ir tan fácilmente, estaba prendado, intentó captar su atención, citando sus libros que nunca leyó y apariciones públicas a las que jamás asistió. La atención de ella fue captada como la de un león que juega con la muerta cabeza de una gacela. Sus ojos orgullosos mutaron, en un imperceptible parpadeo, a los ojos de una Gorgona, a ojos hipnotizantes, a ojos que transportarían a su víctima a un estupor de ensueño donde todas sus fantasías eran posibles y absorberían su mente hasta matarlo. De piedra fue el primer invitado y para siempre quedó prendado de la escritora. Ella salió, se subió a su auto, bestia perfecta para que la montara una mitológica bruja, y cuando ella perdió de vista la casa, el hogar y sus habitantes se perdieron de su memoria. Pero de la mente del primer invitado jamás podría colarse, él tuvo que sentarse ante la perfecta impresión que le fue implantada, ante el encanto inyectado de la mujer de piel blanca, y deseó por sobre todo probar el sabor de la mente de esa diosa.
No pudiendo olvidarla investigó toda su vida, a todos sus amigos les pregunto si sabían algo sobre ella, todos sus libros compró, caricaturas de sirenas fue todo lo que leyó durante meses, pues esta era una escritora de prolífica carrera. Pero ella, para la desgracia del individuo, lo olvidó tan rápido como lo conoció.
El destino mostraría su lado benevolente. En el periódico de aquel día, en un pequeño anuncio en forma de noticia, se comentaba la aparición pública de la ganadora de un reconocimiento internacional, en una biblioteca, una de las más grandes de la ciudad ella daría una charla sobre la mitología, las mujeres y la fuerza. No pudo resistirse, se reportó enfermo para el trabajo como contador y se dirigió a la biblioteca. En su apuro y excitación no recordó que el evento era a media tarde y apenas terminaba de amanecer. Esperó en un cafetín leyendo una biografía no autorizada, luego de muchas comparaciones, deducciones e investigaciones del autor que llevaban a nada el así llamado biógrafo resumía:
“Es evidente para cualquiera que conozca la historia de esta mujer, tan a fondo como yo la he conocido, que la única manera de llegar a ella antes de varios años atrás es por la vía que quiere que la conozcamos: ella misma. Desafortunadamente cuando es cuestionada sobre el respecto de sus orígenes hace referencias a los personajes de sus historias, cuenta en el prólogo de una de sus novelas: “Yo nací hace siglos en lo profundo del océano, el agua me dio vida en el remolino de las corrientes, desde entonces yo nunca he dejado de nadar por la vida, entre similares a mi viví hasta que llegaron a nuestros oídos rumores de que una de nosotras conoció la tierra y se había embelesado de sus hombres, entonces decidí salir yo también, mientras nadaba hacía la playa de la ciudad, era arrastrada en contra de mi objetivo por la basura de los humanos, fue cuando conocí su naturaleza, pero aún así ansié conocerlos. Una vez en la playa el sol fue inclemente, destruyéndome hasta hacerme una humana me castigó por la arrogancia de querer saber sobre ellos. Tontamente logré caminar hasta llegar adonde un grupo de hermanas me ayudaría a salir adelante en formas que no mencionaré para prevenir que sean atacadas por curiosos violadores del misterio. Eventualmente regresé al oficio principal de los pobladores del agua: soñar. Como no podemos sentir emociones nuestras fantasías nos transportan libremente, sin lamentos ni lágrimas, a mundos donde todo es posible sin las ataduras de tener que fingir ser realmente algo. En cortos paseos al exterior, cortos pues mi piel todavía era transparente, logré observar a los humanos, con sus números, cuentas, recordatorios y lamentos. Las niñas queriendo ser adultas, los adultos siendo ancianos y los ancianos relegados a infancias, pero nadie realmente era nada, todos eran una masa cínica y dolorosa, todos tenían espinas en su corazón, y aunque sus sentimientos no me interesaban logré observar, cuantificar, estipular y considerar que todos realmente ya no eran ellos sino todos, no había uno sino uno más, fue cuando quise buscar. En un pasillo de la historia del arte humano busqué, una línea del tiempo de lo más viejo a lo más reciente, románticas vistas del mundo místico, religiones, creencias y sueños, pero estos no eran los humanos que estudiaban las historias desde un punto de vista objetivo, los que veían en una santa un deseo sexual y en el nacimiento de la belleza un erotismo renacentista, no, ellos no eran los modernistas, los faltos de lineamientos, en el futuro me encontré con manchas, puntos, discursos y ensayos, sin embargo no me molestaban, eran hermosos, el problema fue cuando el discurso se convirtió en conversación y las manchas sobre un lienzo en la lengua universal, todos hablaban con manchas rojas sobre negro, todos hablaban sobre los demonios de los medios, todos decían lo mismo, referenciaban y reverenciaban al pasado, y al mismo tiempo vivían en él, sus universos eran una espiral, un recurrente martirio por repetir las oraciones de los muertos, fue cuando me di cuenta de lo que me hacía diferente: yo veía mis sueños. Ellos se iban a dormir esperando despertar en las mañanas para vivir sus realidades, yo esperaba cerrar los ojos para ser realmente libre en mis fantasías. Ellos veían el caos de sus sueños volverse pesadillas al compararlo con la realidad de sus sentidos, yo me dedicaba a nadar, buscando conocimiento y magia. Fue entonces cuando decidí escribir sobre mis sueños, no quería que ellos soñaran mis sueños pues cada uno tendría los suyos pero quería que aprendieran a soñar, a no ver la gravedad como una realidad sino como la falta de sueño, sus trabajos numéricos y mecánicos no como sus vidas sino como los contables pasos a sus realidades perfectas”. Ahora, regresando al lector ¿no le parece una reverenda estupidez?, yo realmente la conozco, no en persona, pero he leído todo lo que sus manos han escrito y luego de hablar con varios psicólogos descubrí que sus delirios de grandeza vienen de una ilusión que nace de una violación en la playa cuando tenía entre 4 y 7 años…”
El texto continuaba, pero no le interesaba, simplemente ponía atención cuando la citaban pues sus palabras eran de la lengua de una diosa con el filo de un arma nuclear, con el susurro de alguien amado y con la fuerza de un general.
Eventualmente todo tipo de personas se reunieron en la biblioteca, la multitud fue tal que se movieron estantes completos, inmensos y pesados, repletos de libros que cayeron ante la necesidad al albergar a la nueva escritora.
Para cuando él decidió dejar el café y el libro ya no se podía entrar, a la distancia se escuchaba la prepotente voz, metálica como una espada, hipnotizante como el erotismo acaricado, soñadora como la vigilia esperanzada. De lejos la vio, de verde, el mismo verde del auto, pero una chaqueta pegada, una falda de plises, sus caderas exageradas por la estructura del vestido y un velo de encaje negro sobre sus ojos. “¿Por qué oculta su cara?” Fue la cortante primera pregunta de un periodista, grasiento e ignorante a la vista, el discurso continuó con un relato sobre una conversación con Afrodita, con la teoría de la belleza de los sueños, “¿No puede ver a los ojos?” interrumpió, de nuevo, el hombre que molestaba a los admiradores y llenaba de fuerza a los detractores. En ese momento él recordó los lentes de sol y las miradas evasivas, pensó que no evitaba por prepotencia sino por miedo.
Uno tras otro, tras otro, tras otro gritaron, escandalizados, exigiendo, hasta que la máscara de acero se rompió pero no dejó caer velo, siguió el discurso apresuradamente mientras directivos de la biblioteca intentaban calmar a la ahora turba pero todos gritaban exigiendo remover lo que parecía la única ropa que ella no estaba dispuesta a quitarse en público: el velo. Entonces fue cuando decidió retirarse, por la puerta de atrás salió, mientras su amante, visitante, distante admirador corría para alcanzarla, una mujer de piel color tierra y ojos de sapo subió al estrado para declarar sobre la constitución, unidad, y hambre que el pueblo pasaba mientras mujeres vacías y solteras pervertían a los niños con aspiraciones imposibles.
En la callejuela nadie la esperaba más que su chofer, todos estaban dentro con el escándalo destructor, ella salió digna, altiva, como si nada hubiera pasado y se subió a su auto, justo antes de que arrancara él se pegó al vidrio de su ventana. Referencias al día de su encuentro, nombres de amigos en común, descripciones de los eventos de aquella acalorada sala, pero nada funcionó, ella simplemente no lo recordaba, tanto por prepotencia como por descuido el rostro había sido lavado de su memoria. Pero la humillación era reciente y cualquier reforzamiento positivo era bienvenido, ella lo invitó a tomar algo, inmediatamente, en una olvidada casa de té del norte de la ciudad.
La conversación estuvo llena de preguntas, “¿lo hice bien?”, “¿hice algo mal?”, “¿por qué se ofendieron?”, y el aire apestaba a respuestas floreadas como: “demasiado bien”, “nada mal, todo fue perfecto” y “porque están locos”. Los ojos se iban calmando, concentrándose, dejando de moverse frenéticamente, nerviosamente y regresando a su estado normal de conquista, enfrentamiento y superioridad, escudados a medias por los párpados, protección constante que dejaban que el cerebro descansara, soñara. Cada palabra era un bloque para reconstruir el trono / muralla que era el orgullo detrás del que el pequeño pez de la escritora se ocultaba, cuando estuvo completo no necesito más compañía, se despidió con una forzada excusa, evidentemente obligada de una manera consciente, no quería ser molestada.
Pero las molestias no se irían como nada, ya una vez había despertado el espíritu de la obsesión quien no se va a dormir fácilmente. Ella siguió apareciendo, él siguió notando como cubría sus ojos, velos, lentes, manos, guantes, ellos de igual manera lo notaron y rumores iniciaron. “Está ciega”, “está loca”, “no tiene ojos”, “tiene cataratas” decían los lógicos, mientras que los que dejaban divagar sus máquinas de escribir morbosas titulaban: “Mal de ojo”, “Perversión”, “infecciones oculares” y “mutaciones”. Él recolectaba todos las noticias, libros, reportajes, semblanzas y tapizaba una pared de su apartamento con ellas, cada aparición, cada gesto, cada palabra quedaban registrados en su obsesiva mente. En las noches, cuando su mente se liberaba de la muerte de la realidad, vivía y conversaba sobre la eternidad con ella, sobre un acantilado, en una barca en un lago, la eternidad, conociendo historia aprendiendo de ella.
Cada vez que ella tenía algo en la ciudad su admirador la encontraba, la esperaba afuera mientras salía, ella comenzaba a reconocerlo pero no como su amigo o admirador sino como el error que había iniciado, reconocía que lo que había despertado con su reojo era algo que se estaba saliendo de sus manos. Sin embargo una parte de si, la oscura y cruel que había salido de la fuerza de su orgullo quería jugar un poco más con la cabeza de su víctima. Fue entonces cuando le pidió a su chofer que se orillara y detuviera junto a aquel a quien siempre tenía órdenes de evitar. Su dirección fue dada en un pequeño trozo de papel, un viejo programa de un festival de cine al que había sido invitada, una hora nocturna, una cena para conversar “¿sólo los dos?”, “Solos”.
Él llegó a su apartamento, la puerta fue abierta por una mucama francesa, ella llevaba nada más que brazaletes de diamantes, anillos de lapislázuli y aretes de flamante coral, una bata tan blanca como su piel. Una copa de vino fue servida para él, su ansiedad por conocerla fácilmente mutó en nervios, ahí estaba ella, usaba sobre los ojos unos prismáticos, que aunque no escondían nada funcionaban como una represa para el secreto de sus pupilas grises.
La conversación caminó un poco forzada, él estaba demasiado nervioso y ella demasiado cómoda, pero por fin él preguntó: “¿qué hay en los ojos?”, al principio nada fue respondido pero de la boca rodaron unas cuantas palabras: “nada”, “todo”, “vacío”, “frialdad”. Ella era demasiado tímida para el mundo así que una máscara de orgullo era lo más fácil de construir con la materia primera con la que su psique contaba. Pero dentro de todo todavía era alguien quien nunca tuvo que caminar, correr o enlodarse los pies, del agua saltó a las zapatillas de diseñador, su fama fue ganada a precio del sudor de siglos pero el agua lavaba cualquier esfuerzo convirtiéndolo en un respiro de oxígeno disperso.
Pero él quería conocer sus ojos, verlos directamente, nadar en ellos y eso era lo que conseguiría. La noche había caído y bajo las velas ella parecía una persona normal, su piel era blanca pero bajo el suave brillo del fuego era amarillenta. Sus ojos aún cubiertos fueron nublados por una mirada molesta, comenzaba a ser incomodada por los constantes intentos de su invitado por verle sus ojos, ruegos, peticiones hasta ser demandas.
Entonces la presa desbordó y los lentes cayeron abajo y él pudo ver en los ojos, ella hastiada y cansada de contestar que no dejaría que fueran vistos, nada, el vacío y la eternidad se arremolinaron fuera de su iris gris y la confusión arrastró al hombre, nada, ninguna emoción, ningún sentimiento, la misma sensación que causaba un cielo sin estrellas, no un cielo nublado sino un cielo donde no se vieran estrellas, ninguna esperanza. Su cabello explotaba ante la fuerza de la nada en su mirada, como un halo de polvo de estrellas que escapa la destrucción de galaxias dentro un agujero negro, bella pero más que vacía, negativa, soñadora pues la realidad era el positivismo, la existencia lo material que ella negaba hasta que dejó de existir y se convirtió en la vacuidad de su especie.
“Pero quisiste verlo” fue la justificación, ella llamó a los criados para que llevaran al cuerpo catatónico a un hospital, donde fue medicado y recibido en medio de delirios de soledad y traición, ella no era humana, “pero nunca dije serlo”.
En un mundo entre lo que consideraba realidad y sus sueños quedó atrapado, conociendo el sueño que es la vida y la pesadilla en que convertimos nuestra realidad. La imagen del rostro de la escritora, en una pose tan fría y cruel como eterna y sabia estaba en un grabada en sus ojos, la explosión, la inmersión, el estrés del limbo era como ahogarse eternamente sin poder escapar, sin poder morir, el espanto de la realización de lo que le estaba sucediendo era como tener la presión del océano entero sobre su pecho, y los doctores medicándolo e intentando salvarlo eran como un lejano destello desde el fondo del mar.
Inyecciones, calmantes, excitantes, drogas, medicinas, agujas, todo lo que se les ocurrió fue aplicado en el paciente pródigo, pero él permanecía en los sueños. De repente sintió un anzuelo que lo pescaba, su cabeza estaba apretada en la aguja que por fin lo reviviría. Mientras era atraído a la realidad las vislumbró, nadando entre una ciudad submarina todas ellas estaban, besando la locura y el conocimiento del universo, diosas de sus propios sueños, leyendas en la genética humana, y la vio a ella, igual que ahora pero con piel sin color, la misma mirada fría y eterna, profunda y congelada, ella nadaba hasta la playa y cuando el médico/pescador lo trajo a su bote la vio caminando torpemente, desnuda, hacía la ciudad del tacto.
Mientras tanto ella hacía sus maletas, guardaba sus pertenencias y quemaba sus secretos, había roto su promesa, los votos, su honor estaba manchado, la verdad había sido revelada a un mortal y el castigo era su regreso inmediato, el mensajero de los sueños vino durante la siesta del mediodía, con voz cruel e imperiosa le anunció su castigo y maldición. Arrepentida de su violento arrebato de generosidad hacía el mundo, arrepentida de su corazón cruelmente magno, tomo sus mejores galas y caminó hacia la costa.
Las realidades desfilaron a sus ojos, el bugatti estaba todavía ahí, esperándola, hermoso como solamente su auto podría serlo, no era nada más que un motorizado sin sentido, las distancias eran las mismas y el rápido rodar de sus ruedas no le permitía ver los rostros de los mendigos a su paso. La mansión que dejó, fruto bendito de su mente, agraciada e inventada por los mejores arquitectos de la época se perdería en el olvido o subsistiría en su leyenda. El dinero, papel coloreado, nunca fue nada más que una abstracción, una parte más del imaginario que, a su vez, forma parte de las justificaciones para violar, destruir y colapsar, las existencias materiales y mentales de cualquiera en la carrera al oro. Mientras recorría las calles, mientras veía la muerte en los ojos de los vivos, se dio cuenta de que todo lo que le quedaba era la belleza, no su belleza, no la belleza que había creado, sino la belleza de sus sueños y fantasías, estaba sola en el mundo de los humanos y sería exiliada en el mundo de las serpientes pero aún ahí podía soñar sobre los tiempos que se fueron y los que nunca estuvieron, los que estarán y los que podrían estar, cuando dormía cada imagen era un futuro probable, cada memoria recombinada en el futuro era el arte, sí, todo lo que le quedaba era la belleza, la belleza del mundo que veía, la belleza de los misterios que la ciencia de los humanos entendería porque los ojos siempre ven lo que quieren ver, y estas reglas medirán lo que necesiten medir para justificar sus existencias.
Por fin despertó, estaba en el hospital, una enfermera entraba en su habitación pero ella no estaba ahí, con el poder que vino del conocimiento cedido por su escritora nado hacía la realidad de los sueños, hacia la fantasía, el mundo era un libro y él ahora era el índice, saltó páginas hasta llegar a la playa.
Ella estaba de pie, sus ropas un bulto húmedo por las olas que descansaba a su lado, su cuerpo desnudo era una simple silueta que eclipsaba el sol para él, entonces ella entendió, se volteó y reconoció el no-estar en el que estaba ahí su amigo, su error, su máxima equivocación, sería castigada pero tal vez, simplemente quizá él merecía una sonrisa, no porque ella pudiera sentir alegría, sino por lástima, compasión de que él ahora tendría que vivir sabiendo que nada era real, todo era una mentira creada por eso que pensaba que era un cerebro, entonces imitó una mueca que parecía una sonrisa, el espectador simplemente vio dos pómulos sobresalientes de la forma que estaba ante el sol, ¿sonrió o era simplemente un gesto de la amabilidad de los humanos?, entonces ella saltó hacía el mar y como continuación del sueño de la realidad él la soñó perder su color, sus máscaras, sus muecas, sus piernas, los sentimientos fingidos y la identidad. Entonces despertó por la acción punzante de una nueva medicina, ¿fue una fantasía, una creación de su mente enferma o fue la realidad de una verdad soñada?








2 comentarios
Junio 18, 2008 a las 12:50 pm
Siempre me ha gustado especialmente el buggati verde que Lempicka jamás tuvo.
Septiembre 22, 2008 a las 12:20 pm
HOLA A TODOS,
MI nombre es Mariana Alvez y he escrito una novela llamada Siete Sirenas- Vas a querer pecar. La misma trata de siete sirenas que han sido escogidas por el demonio para venir a la tierra bajo la forma de humanas, para poder conducir a los hombres hacia los mas terribles pecados. Cada capitulo describe un pecado asociada a una de las sirenas. En la segunda mitad del libro ocurre algo que desencadena el inesperado final. He hecho un video para que puedan disfrutar de algunas imagenes de sirenas y ademas puedan leer frases de mis novela. Este es el link:
http://es.youtube.com/watch?v=nRRcBpE8rgU