Sales de baño (Río #42)
27 04 2008Salió de su casa seguida por sus guardaespaldas, no caminaba por las calles como el vulgo sino que se subió a su automóvil y cruzó por las calles hasta llegar a la tienda. No tenÃa hora de despertarse pues era de la alta sociedad, las calles ya se habÃan vaciado de trabajadores para la hora en que ella comenzó a vestirse. Ropa cuadrada y gris, igual a la de todos los de la nación pero esta era ropa gris y cuadrada hecha a mano por monjas del interior del paÃs, con sus medidas, se tenÃan que botar hasta 10 vestidos hasta encontrar uno que le quedara a la perfección, sus curvas de obesidad hacÃan difÃcil confeccionar ropa justa para su forma.
Una vez en la tienda se le dieron todas las atenciones debidas, tres asistentes de compras trayéndole lo último, los más grandes productos elaborados con las sustancias extraÃdas de las prisioneras, diseños exóticos para las botellas, estampados irreverentes para los vestidos, envoltorios escandalosos para las cajas y sabores pecaminosos para los dulces, todo lo que podrÃa desear una dama de sociedad se encontraba en esa tienda, pero ella no querÃa nada de eso.
Una amiga le habÃa hecho el comentario, el nuevo producto para el baño, sales, perfumes, productos para lavar el cabello que hacÃan recuperar la belleza jamás tenida, la piel blanca como el imposible papel y el aroma suave como las flores del exterior.
Todos los asistentes de venta, las empleadas, los gerentes y propietarios intentaron que entendiera que el producto estaba en la tienda pero no podÃa venderse pues todavÃa no era la fecha de lanzamiento, primero habrÃa una fiesta, luego ella podrÃa pedir por teléfono que le tuvieran listo el producto para cuando ella entrara a la tienda la factura estuviera hecha. Pero la mujer no entendió.
A su vez ella quiso que los empleados entendieran que ella no era cualquier persona y que siempre habÃa obtenido lo que querÃa, ellos al parecer no captaban, incluso lanzó exorbitantes sumas de dinero al aire, tres, cuatro, cinco, diez, veinte veces el precio estipulado para los productos de baño, igual no se podÃa. Sudada por el enojo y roja por la vergüenza decidió salir de la tienda sin comprar nada, haciendo caer con sus complicadas caderas una infinidad de botes mientras salÃa.
Llegó a su casa de nuevo, no logró almorzar pues sus propios gritos la habÃan alterado, todas las mucamas y sirvientas intentaban calmarla, con té, dulces, consejos y reflexiones pero ella nunca entendió. Tomó el teléfono y marcó un número, el de su esposo, le ordenó que hiciera que la tienda tuviera que venderle, obsequiarle u ofrendarle el producto que ella urgentemente necesitaba, él no entendió para qué necesitaba tan urgentemente algo que en su vida habÃa usado pero prefirió mover sus contactos antes que tener que llegar a una casa con su esposa enojada.
En menos de 15 minutos el teléfono sonaba, una sirvienta llamó a la señora y asustada anunció que era el gerente de la tienda quien llamaba, la dama levantó el aparato y escuchó como un hombre le pedÃa disculpas por los inconvenientes y en forma de ofrenda de paz entre ella y la tienda se la harÃa llegar lo antes posible una caja de productos, incluyendo los que ella tanto deseaba. La felicidad brotó entre su pretensión y colgó sin agradecer.
En la noche el baño era preparado, la casa era antigua y el baño completamente hecho de mármol, una sirvienta le preparó el agua, encendió las velas aromáticas y preparó todo para que la señora pudiera relajarse entre los productos que heroicamente robó de las manos de quienes no quisieron proveérselos. El agua estaba tibia, la luz de la luna entraba por el ventanal que daba a un bosque privado, las velas disimulaban el corpulento cuerpo mientras entraba en el agua.
Dejó caer un puñado de sales en el agua y sorprendida descubrió que se convertÃan en espuma y burbujas que acariciaban su cuerpo, al tiempo sintió el aroma suave, parecÃa canela pero le recordaba al mar, se relajó, recostó en la tina y disfrutó el desenvolvimiento de los perfumes de las velas, sales, cremas y jabones.
Abrió los ojos y se encontraba en medio de un grupo de seres de piel transparente, tordo de mujeres pero con colas de peces, frÃamente la miraban como si la condenaran y aunque estaba dentro del agua pudo reconocer que cada una de ellas llevaba un olor diferente de los que habÃa comprado, la señalaban y comenzaron a atacarla, en este mundo de sueños donde la luna brillaba sobre el océano, la mujer intentó escapar pero su pesado cuerpo evitaba que pudiera maniobrar en el agua con facilidad, los monstruos que la acechaban nadaban a su alrededor y la pinchaban con sus garras o mordÃan con sus afilados dientes de tiburón, ella solamente querÃa escapar.
Las mucamas que esperaban que terminara atendieron a sus gritos desesperados, tontamente luchaba entre el agua, con nada, pensaron que tenÃa una pesadilla asà que llamaron su nombre con la esperanza de que reaccionara, pero nada, se acercaron y vieron como el agua en un momento blanca estaba llena de sangre, gritaron y chillaron e intentaron sostenerla pero era demasiado tarde, habÃa muerto desangrada por interminables rasguños y cortes hechos por toda su piel.











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