3 y 4 de 4 [ E.P (Río #35) y Furia (Río #36)
6 04 2008
E.P. (RÃo 35)
Todos jugábamos a las máscaras, era un juego de carnaval. Los océanos se pintaban de gris, se hacÃan edificios de coral gris, todos vestÃan gris pues iban a representar el teatro[, todos caminaban y se ponÃan en los lados de lo que serÃa la calle, en el océano no hay calles solamente hoy corrientes por las cuales nadamos libremente, no hay que ir por un camino simplemente dejarse llevar, nadie tiene emociones y el sentir es objeto de burla de las serpientes hacia los humanos, con qué asco y repulsión veÃamos a quienes efectuaban el simple acto de sentir, pensábamos que era una actividad primitiva y sin sentido que llevaban a cabo por la parte animal en ellos, por su falta de sofisticación.
Primero caminaban los danzantes normales, un paso adelante, dos atrás, los más jóvenes miraban con admiración mientras sus padres les contaban la historia de esa pobre especie que tenÃa la eterna condena de tener que arrastrarse por el suelo, a tener que sentir, los que actuaban llevaban grandes batas grises que arrastraban hasta más abajo de sus colas, con sus brazos llevaban palos que asemejaban piernas y máscaras de aburrimiento y sufrimiento. Un paso adelante, dos atrás, media vuelta, dos pasos atrás, media vuelta y tres pasos adelante, ese era el baile, yo lo conozco pues yo bailé en esas filas primero, todos inician ahÃ, es el lugar más sencillo de todos.
Luego vienen las máquinas, con fuertes sonidos de caracol como sirenas caminan las maquinas hechas de arena y agua, grandes grupos de nadadores las hacen funcionar, girar, sonar y chillar, las máquinas que matan hombres, que crean hombres, en las que los hombres creen y quieren creer, las máquinas que eventualmente destruirán a los humanos y tomarán su lugar, o por lo menos eso dicen nuestras sacerdotisas.
Al terminar ellos será mi turno, yo bailarina profesional, nadadora profesional, habÃa entregado toda mi vida al ejercicio de la actuación, literalmente toda mi vida pues caminé entre humanos para intentar experimentar lo que ellos sentÃan, sentir, lo vemos como algo tan natural y primitivo pero es algo tan complejo, pesado para la mente que no tiene práctica en el ejercicio del uso del corazón.
Veo a mis compañeros de espectáculo regresar con sus máscaras grises y lloronas, no puedo hacer más que sentir repudio contra esa expresión caricaturesca de un sentimiento tan puro e inocente, es hermoso poder explotar en llanto sin tener que intentar leer un manual hecho por uno mismo.
Salà del agua en busca del ritmo, no conocÃa la tierra pero querÃa ser actriz y triunfar en el gran carnaval, leÃa libros que robaba de los naufragios que yo y mis amigas provocábamos, intentaba imaginarme lo que serÃa el dolor y la pena que los humanos sienten con tanta regularidad. Ingresé en la ciudad gracias a la ayuda de gente como yo, la primera dificultad es aprender a caminar correctamente, un pie delante de otro es un ejercicio que cansa hasta al más vigoroso, luego la comunicación, el lenguaje no es el problema sino el tener que aprender que gesto acompaña a cada palabra. Personalmente lo que más problemas me causó fue tener que diferenciar los sueños de la realidad, mis ojos estaban velados por fantasÃas, no me era raro encontrar una ballena surcando las calles y tener que recordar que las ballenas solo nadan en el agua y en los cielos.
Poco a poco me di cuenta de cuántos somos nosotros en la tierra y cuan poco salimos, podÃa reconocer a los de mi clase por su piel blanca, por sus ojos de agua pero por sobre todo por su ropa de colores y formas que iba en contra de lo que usaban las grises damas de sociedad, diamantes y seda prohibidos por la moda resaltaban la belleza naturalmente casual de las serpientes con piernas. Vivà en un edificio de sirenas, en un pequeño apartamento, con suficiente espacio para vivir pero demasiado para soñar, frente a donde vivÃa habÃa un estudio de danza, me hipnotizaba por las bellas coreografÃas elaboradas alrededor de un estructurado compás, un ruso golpeaba su bastón contra las tablas de madera, las jóvenes levantaban sus torneadas piernas en el aire y mis piernas temblaban de envidia.
En mis sueños repetÃa las coreografÃas que miraba sin parar, pero mis piernas se cansaban si caminaba demasiado, poco a poco comencé a dominar el arte de dar pasos, luego la ciencia del correr y eventualmente la habilidad del bailar, el ritmo estaba en mis oÃdos no como instinto sino como resultado de un grandioso proceso de abstracción: un golpe que simulaba tener en mi pecho, un golpe que era más fuerte que el de mi pecho, un golpe que indicaba un movimiento, un golpe que se transportaba a lo primigenio de mi cuerpo. Recordé y con los recuerdos me transportaba al estudio del ruso, hermosa y grandiosa me veÃa bailando, levantando las piernas imaginando mi corazón latir al ritmo del piano gastado, pero era mi imaginación y mis sueños más húmedos.
Seguà visitando el taller, me sentaba en la puerta a ver a las bailarinas, imaginaba que en el espacio de la que se enfermó bailaba yo, que en el espacio de la que no estaba bailaba yo, que en el espacio de Svetlana bailaba yo.
Un dÃa cayó una gran tormenta, mi religión tenÃa culto en este estudio y no podÃa faltar aunque los cielos se opusieran, truenos rasgaban la realidad y rozaban con despertarme de mi constante sueño. El ruso estaba solo y por primera vez me vio entrar sigilosa al estudio, “hoy no vendrá nadie” fue lo que dijo, yo lo vi pero no hable, no querÃa que mi hablar lo ahuyentara, “¿y bien?” fue lo siguiente, en mi imaginación me preguntaba qué querÃa decir con eso, “hoy estamos solos, ¿bailas para mÃ?”, en ese momento mi corazón palpitó por nervios, no podÃa creer lo que escuchaba, pensé en huir, pero imaginé que habÃa confundido la realidad de nuevo y me acerqué, no dije nada, se sentó en la esquina habitual y el bastón se levantó y chocó con el suelo. Soñé, pero no soñé con bailar sino con nadar, cuando con mis amigas celebrábamos en el fondo del océano y girábamos las uñas con las otras, perdà noción del lugar y seguà bailando como cuando estaba en el agua, aplausos y gritos me sacaron de mi fantasÃa mientras el ruso me celebraba desde su silla. Nunca supe como fue realmente la danza pero al dÃa siguiente el puesto de Svetlana era mÃo.
Como en un sueño el tiempo pasó sin realmente pasar, de pronto me encontraba audicionando en el ballet nacional, siempre imaginaba agua entre mis piernas y lÃquido en mis pulmones, cerraba los ojos y me entregaba a los recuerdos, siempre despertaba entre gritos y aplausos. Un contrato, un papel, una verdadera bailarina, un escenario y un público, un decorado, un cuerpo de danza, un verdadero coreógrafo, un verdadero compañero de baile, un sueño, una realidad, todo pasó tan rápido que nunca logré distinguir la realidad de la fantasÃa pues me parecÃa que de nuevo me habÃa adentrado demasiado en las fantasÃas que solÃa tener en mi cuarto.
Sentà alegrÃa con la primera función, “Estrella ascendente”, “Prima dona”, “Elizabeth Platel” decÃan los periódicos y mi pecho se hinchaba de orgullo ante tan bellos halagos, todos querÃan festejar conmigo, estar conmigo, saludarme mientras los flashes de nueva tecnologÃa nos grababan en papel.
De mi apartamento me mudé a un hotel, el ruso murió al poco tiempo, dicen que siempre hablaba de cómo me descubrió una noche tormentosa, “la pálida ninfa de los escenarios”, tuve suerte, la lluvia me bendijo y la fortuna me tomó en sus brazos.
TenÃa dos asistentes, tres guardaespaldas, cinco vehÃculos y demasiados pretendientes, cada diseñador me daba sus vestidos para que los usara, cada perfumerÃa me enviaba sus perfumes para que los usara, cada zapatero sus zapatos, cada joyerÃa sus joyas, no podÃa hacer nada más que sonreÃr y trabajar, todos los coreógrafos querÃan que bailara en sus obras, no me mostraban una forma de bailar, yo bailaba a mi ritmo y los demás me seguÃan, sentÃa nervios antes de comenzar, orgullo al terminar, y vergüenza cuando hablaban mal de mà en las noticias.
Eventualmente viajé, ahora tenÃa apartamentos en las ciudades más importantes del mundo, todas grises por igual, todas lluviosas por igual, pero en todas bailaba igualmente en mi mundo de fantasÃas. En una de las ciudades más grandes conocà a un músico, alto de piel rosa pálido, fornido, interesante, culto, me mostró todos los museos de la ciudad y me hablaba frente a cada obra. Me invitó a un concierto, un amigo presentaba sus obras y él querÃa que yo lo acompañara, era hermoso, no podÃa esperar para sentir sus brazos a mà alrededor y sus labios sobre los mÃos. Usé un vestido azul celeste, con guantes de la misma seda, maquillaje pesado y un peinado a la moda. Mi escote, mi cuello, mis brazos y mis piernas lucÃan blancas como la pureza, blancas como un diamante.
Entramos en el teatro y todos me vieron de su brazo, me emocioné por haber encontrado alguien de mi “nivel”, todos se preguntaban si salÃamos y mi respuesta era que sÃ, algo en mi pecho me obligaba a sonreÃr, durante la función en las piezas que evocaban amor el pasó su brazo por mi espalda, acercó su rostro al mÃo y puso sus labios sobre los mÃos, ¡Total explosión interna!, ¡total emoción!, ¡total éxito!, receso, no pude esperar, corrà desesperadamente al baño para regocijarme en la emocionante emoción que sentÃa, mi pecho se expandÃa, tenÃa que planear lo que iba a pasar ahora, lo que tenÃa que suceder ahora, todo era perfecto, trabajo, viajes, ropas, hombre, todo era como en mis sueños en mi apartamento cuando no podÃa caminar. De pronto me golpeó, nada era real, la excitante emoción que sentÃa por él no era real, la alegrÃa en el escenario no era real, la felicidad que pensaba que sentÃa no era real, pues mi corazón es de agua y un corazón de agua no siente emoción alguna, nunca sentà nada simplemente pensé que sentÃa. Llegue a la ciudad esperando comprender la naturaleza del sentimiento humano y me retiré con dolor, dolor por utilizar a todos para ese experimento, pero sobre todo un dolor que ni siquiera era del todo real.
Caminé, caminé hacÃa la playa que me vio nacer en este mundo y nadé hasta que estaba de regreso. “He vuelto” dije al mar, “Bienvenida a casa” me contestó.
Asà es como ahora, reina de la tierra esclava de los mares me dispongo a bailar, es la historia de una serpiente que sube a la tierra y juega con máscaras, se pone la “Máscara triste #32″ mientras su rostro real no puede parar de reÃrse, se coloca la “máscara que llora #5″ mientras el rostro se tira carcajadas.
Siento pena por los humanos, la parte más sagrada de su existencia se ve burlada por un montón de seres que no sabemos lo que es sentir, por un montón de seres que no saben lo que es la pena de llevar eternamente la carga de sentir. Ahora tengo que salir, a bailar.
Furia (RÃo #36)
Con furia en la garganta es que me fui a la cama, con un corazón morado de enojo es que me acosté y empecé a soñar.
El aire era como el agua para mis aletas, me levanté de la cama y nadé hacia la casa vecina, inocuos estaban sus habitantes en sus aposentos, con mis propias manos apreté sus cuellos hasta que sus cabezas reventaron por la presión, sin culpa seguà a la siguiente casa. Con mis uñas de águila saqué sus ojos y pinché sus cerebros que murieron al instante, sin culpa nadé hacia la siguiente casa. La casa del odio, con odio en el corazón arranqué con los dientes las costillas de mi vÃctima.
Nadando en el aire, con mi forma de serpiente acuática me movà hasta llegar a la casa de la fuente de mis odios, con mis dientes rompà sus venas para que sufriera, con mis dientes rompà sus músculos para que no moviera las manos con las que me robó lo que fue mÃo. Con fuertes golpes destruà los huesos de su pecho mientras sus lastimeros llantos me daban fuerza, con las afiladas uñas extraje su corazón y en mil pedazos lo convertÃ, como hizo con el mÃo, sus lastimeros llantos me daban más furia.
Sus ojos rodaron por el suelo luego de sacarlos, su lengua se arrastró cual gusano por los suelos, sus oÃdos sangraron cuando los tÃmpanos se rompieron, sus lastimeros llantos me daban más ansias de terminar, pero tendrÃa que sufrir, más, más y más hasta que su cuerpo cediera ante la tentación de la muerte. Un golpe, dos golpes, tres golpes, corté la garganta, cuatro golpes, cinco golpes, seis golpes, me aburrió patear su cabeza y la dejé, se ahogarÃa.
Escuché el llamado del océano y nadé hacia su abrazó, me recibió como hija pródiga, mi venganza era la suya, él no era el único todos le habÃan ayudado, todos deberÃan de morir, y con grito de guerra envié a todas las moléculas de agua a salir de su encierro en el mar e invadir las calles, las plazas, las casas, a cubrir todo, a ahogar a cuanto humano encontraran, un mar hambriento de vida, con casco de capitán corté los cuerpos que sobrevivieron a la masacre oceánica, quien nadaba era muerto por los tiburones, quien se hundÃa era comida para los cangrejos, un océano hambriento de sangre fue el que comandé.
Cuando la vida humana no existÃa, cuando mi odio habÃa terminado el océano regresó a su hogar, victorioso y sin bajas, mi corazón frio podrÃa descansar mientras la muerte prevaleciera.
Desperté para darme cuenta de mi vida era la de serpiente, mis sueños los de serpiente y en la furia de mis sueños desencadené la fantasÃa de la realidad, todos muertos, un desierto sin vida era todo lo que quedaba, viendo la desolación desde lo que debÃa de ser una cúpula de la ciudad sentà satisfacción.









