Febrero 27, 2008...1:35 pm

Liebe/Grausigkeit (Río #27)

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Ya no soy un hombre, una vez lo fui pero ahora soy un manojo de carne y nervios que vive entre el miedo, que no vive sino que teme, que no es hombre sino materia sin razón. La razón, es simplemente el límite visible de la realidad, más allá de ella yacen los peores demonios, los temores escondidos, los fantasmas que la imaginación no se atreve a soñar, pero están en la oscuridad y se ocultan en su anonimato, no son ficción sino realidad, viven en la espera de que alguien los descubra para obtener satisfacción de ser vistos, de existir en la mente, no piensan en precio que la monstruosa visión le causa al cerebro del ojo que los ve, son egoístas.
Mi abuelo estaba loco, es lo que mi padre solía decirme, no piensa lo que dice y no dice lo que piensa, la vejez había afectado su cabeza y constantemente deliraba sobre sirenas, había sido marinero y por los océanos escuchaba leyendas, eso decía pero nadie lo escuchaba pues estaba loco. Recuerdo un domingo por la tarde, iba a pasar la tarde con él, estaba preparado para el balbuceo habitual, nunca lograba articular oraciones, hablaba sin lógica o no hablaba, no me reconocía, no reconocía a nadie, ahora pienso que era medio locura y medio vejez. Esa tarde entré a la casa donde vivía, vi a los ancianos vivir en sus mundos de tiempos perdidos donde todos habían muerto y eran recuerdos de fantasmas, el suelo era de madera y mis pasos resonaban con un sonido me pensé que me hacía parecer elegante, su cuarto estaba al fondo, anaqueles llenos de libros de otra época cuando no había guerra, cuando el pueblo era uno y no había muralla que lo dividiera, libro sobre libro, libros olvidados, conocimientos procesados en un cerebro que ya no procesaba. Estaba en su silla de ruedas junto a la ventana, llovía y él veía el infinito, levantó la cabeza y me vio entrar, me pareció diferente, como si fuera otra persona en el cuerpo del viejo quien no era persona, no habló, me senté en la cama a esperar que pasara el tiempo, observé los títulos de los libros, cada libro parecía estar escrito en un lenguaje diferente, el cerebro muerto aparentemente fue un cerebro activo en otro momento, no hablé y durante casi una hora él no habló tampoco. De repente escuché un suspiro, me imaginé que estaría aburrido pero no me importaba simplemente quería regresar a mi casa, con mis amigos sin importancia, con mi vida sin importancia, pero de repente habló, no escuché al principio pero luego noté que parecía hablarme a mí.
No estoy loco, me dijo, yo sé lo que piensan, pero no estoy loco, he olvidado y estoy viejo pero no loco, los horrores que describo no son imaginaciones sino recuerdos, decidí no interrumpir al viejo ¿qué podría decirle?. Yo era un marinero, un militar, las costas podían ser invadidas pues este es un pueblo de guerra, yo no era un guerrero sino un pensador pero la obligatoriedad de las circunstancias me convirtió en un marinero. Era un día brumoso, no podíamos ver nada más que a unos cuantos metros adelante, no sabíamos donde estábamos ni hacia adonde íbamos, pero entre el agua pude ver una sobra seduciéndome, no cantaba,

no hablaba, pero su silueta informe me invitaba al agua, no veía que era, no sabía si era mujer o era algo pero lo que fuera me seducía. Por las ventanas los otros marineros observaban absortos en todas direcciones sugerentes siluetas que seducían a cada uno, una silueta para cada uno, los menos pudorosos comenzaban actos imaginativos con ellos mismos involucrando a lo que fuera que poseía aquella forma. Entre tanta bruma e imaginaciones nadie vio el iceberg, nadie vio la roca que hizo que el barco se partiera en dos, los que no murieron en máquinas morirían en el agua congelada y los que tuviera suficiente calor en su cuerpo estaban expuestos a los enemigos de la patria. Nadé, nadé y nadé, encontré un retablo sobre el cual flotar, de entre la bruma llegaban gritos, serían pedidos de ayuda, serían gritos de muerte, pero yo no quería dar falsas esperanzas de vida a quienes seguramente correrían con mi mismo destino. Sentí como algo rozaba mi pierna, no un roce casual sino como una caricia erótica, luego de nuevo y de nuevo cada vez subiendo por mi cuerpo, era de noche así que nunca logré ver la sombra pero aún así la amé en la oscuridad de la noche glacial, el calor de la pasión fue lo que me dio la energía para sobrevivir la noche, nunca fue más que una sombra pero me mantuvo vivo durante la oscuridad, no me fue posible imaginar el horror que se ocultaba en la oscuridad. El tacto me indicaba una piel sedosa, pero también escamas, cabello suave pero piel rugosa como de pez, me concentré en el aspecto humano. Al día siguiente fui rescatado como el único sobreviviente de aquel naufragio.
Tal historia me parecía tonta, pero seguí escuchando atentamente ya que era más entretenido que simplemente ver pasar el reloj. El viejo continúo: me obsesioné con la idea de aquel ser que me hipnotizó en la noche, intenté buscar que había sido, pensé en sirenas o monstruos marinos, no podría haber sido humano pues nadie viviría en las aguas congeladas del océano, los libros hablaban de monstruos marinos, pero nunca creí en ellos y lo que sentí aquella noche no podría haber sido una bestia. Aprendí nuevos idiomas y otros tan viejos como el tiempo, en todos las antiguas civilizaciones se habla de mujeres que seducían a los marineros y los destruían, pero ninguna salvaba a los hombres. Todos mis libros están ahí esperando ser leídos pero ninguno habla de lo que me pasó a mí, así que decidí regresar a aquel lugar donde había hecho el amor con una sombra, conseguí los registros del rescate y me dirigí en una barca pequeña, era de día, el cielo estaba tan claro como un vaso de agua, el mar tranquilo, esperé. Me estaba quedando dormido cuando escuché el sonido de un chapoteo y madera rozando, mis remos ya no estaban, espantado descubrí que estaba varado en el centro del océano sin manera de regresar a tierra firme.
Fue una noche de luna nueva, y en el silencio del calmo océano pensé en pedir ayuda, en remar con las manos, en nadar y en resignarme a morir como aquella vez del naufragio, pero algo subió a mi barco y al estirar la mano para sentir aquel cuerpo recordé la sombra amada, el cuerpo se acercó a mí de nuevo rápidamente y sin pensar amarré al ser para que no se escapara, con gran fuerza peleó el cuerpo sin piernas, con fuerza descomunal en los brazos y con la piel fría como el hielo. Comenzó la casi eterna espera a que fuera se hiciera de día, para observar, para conocer, por mi mente pasaba una mezcla de miedo con curiosidad, una curiosidad tonta que no tiene miedo al horror. Con el alba observé la bella silueta de una mujer con cola de pez, el pavor no me invadió pues hace tiempo me había resignado a encontrar algo sobrenatural, algo fuera de este mundo, pero cuando la luz del sol aumentó nunca se perdió la imagen de silueta para formarse un cuerpo, fue sino hasta que la luz era suficiente que un cuerpo casi transparente surgía ante mí, podía ver las formas de los pulmones, un corazón púrpura, todos los órganos de un humano en una bolsa de piel transparente, los músculos moviéndose adentro como si fuera una bolsa de agua, todo flotaba libre, el horror fue mío cuando vi que la cola de pez se movía con una espantosa similitud a un pez normal, las pequeñas aletas sin parar nunca de impulsar al ser en el aire, las escamas semitransparentes pero con un tono dorado como el cabello, en el cuello habían ranuras supuse que para respirar y los labios levemente azulados. La “sirena” no me dejaba de ver, al principio pensé que sería espanto pero con la luz descubrí que era indiferencia, tanta indiferencia que me retaba, estaba desnuda sobre mi barca pero no sentía odio, ni temor, ni amor, simplemente estaba ahí tirada indiferente ante su destino. Casi al mediodía la piel reseca se sentía como quemada, aparentemente necesitaba agua y cuando me disponía a verter un poco de mar sobre su cuerpo noté amenazantes sombras circundar el bote, una de ellas se acercó y golpeó, desestabilizó pero no volteó, luego otra sombra, y otra sombra, por sus siluetas supuse que todas eran mujeres y golpeaban violentamente el barco hasta que caí al mar temiendo por mi vida, escuche chillidos y chasquidos mientras intentaba subir a la superficie, peleaba con incontables manos que me halaban al fondo del mar, mientras luchaba contra uñas que rasgaban mi piel y bocas que mordían mis costados, más chasquidos y chillidos que poco a poco se vieron opacados por un rugido, por gritos de hombres y arpones, el agua se llenó con sabor a sangre mientras mi cuerpo emergía para ser rescatado de lo que se reportó como tiburones. Nunca volví a ser el mismo pues había visto el horror, aquellos ojos de agua, aquella silueta hermosa y la horrorosa cola de un pez. El viejo estaba delirando pensé, estaba loco, su historia terminó justo a tiempo cuando era momento de irme, sin ponerle mayor atención me levanté y me fui, nunca volví a ver a mi abuelo pues esa noche se suicidó, se ahogó en el baño.
Cuando el viejo murió todos sus libros terminaron en mis manos, aprendía a leer con interminables volúmenes sobre sirenas y demonios acuáticos, sobre como barcos que se estrellaban contra riscos y sueños que le absorben la vida a los hombres. Toda esta mitología estaba en mi cabeza pero realmente no la creía, simplemente la leía como una forma de extender el contacto con mi abuelo a quien nunca realmente conocí lúcido. Mientras crecía toda mi cabeza estaba llena de estos seres, cuando estaba en la universidad comenzó la ola de horrores que me ha llevado a donde estoy ahora. La biblioteca de mi centro de estudios era grande y respetada por los libros que contenía, guardaba los tratados más antiguos en demonología, mi abuelo nunca logró llegar a ellos, busqué sobre las sirenas y me encontré con una cosa diferente: una especie de monstruos como los que mi abuelo describió, piel transparente, cola de pez, agallas, decía que solían vivir en ríos y océanos, nunca dejaban de nadar, cantaban en las profundidades y eran las madres de todos los demonios existentes, sus hijos nacían de la mezcla de los huevos de sus sueños y el esperma del agua salada, pero su mayor deseo eran los hombres, solían destruir barcos para seducir a los náufragos y hacerse de hijos semihumanos: sirenas y damas del agua. Estos seres primigenios eran exclusivamente femeninos pero sus hijos podían ser tanto hombres como mujeres, los hijos de sus hijos en ocasiones parecían humanos pero podían distinguirse por sus pálidas pieles y ojos llenos de agua, la mayor diferencia entre ellos y los seres humanos era que tenían gran dificultad para distinguir la realidad de sus sueños, solamente luego de muchas pruebas de realidad podían estar confiados en que estaban en el mundo real. Todo esto estaba escondido en mi mente, nunca presente como una obsesión subconsciente que nunca llenaba mis pensamientos pero si invadía mis sueños y mis deseos.
Crecí, y justo antes de graduarme decidí hacer un viaje al campo, era una casa cerca de un río, una especie de choza de madera que tenía lo suficiente para poder leer y trabajar en mi tesis, una pequeña chimenea, cocineta y nada de comida, tendría que pescar en el río para poder alimentarme. La ventana sobre la cama daba al río, podía ver y escuchar el agua fluir en el torrente. El primer día pesqué durante la mañana, luego de almorzar comencé a trabajar en mi tesis sobre un montón de cosas sin sentido sobre la sociedad moderna y la locura, siempre confié en mi capacidad de enredar los párrafos más allá de cualquier duda de crítica. Durante la noche luego de beber vino caliente y fumar frente a la chimenea abrigándome del frío invernal el sueño comenzó a inundarme y me encontré en el océano donde una cantidad inimaginable de sombras nadaban circulando la silueta del sol en el cielo, escuchaba un leve chapoteo y un leve chapoteo me despertó, supuse que sería parte del sueño así que me dispuse a acostarme en la cama que daba al río y dormir. Me desperté varias veces soñando con chapoteos, suaves sonidos de agua pero siempre se detuvieron cuando ganaba conciencia. Otro día de pescar, de escribir, de leer, de beber, de fumar, el frio se sentía en la ropa pero no en el cuerpo, era una agradable sensación esa diferencia de temperaturas, pensando en ella quedé dormido en mi cama. De nuevo soñé con aquello seres en el agua, pero ahora estaban a mi lado, nadaban a mi alrededor, las escuchaba cantar y chirrear pero al fondo estaba el leve golpe de piedras contra la ventana, pero aquellos demonios me arrastraban seductoramente hacia la oscuridad de las profundidades del océano. Me desperté cubierto en sudor frio, era de día, cuando iba hacía el río descubrí conchas marinas bajo mi ventana, pequeñas conchas que estaban tiradas en el suelo, las recogí por su singular belleza y las metí en mi bolsillo, proseguí mi rutinario día. En la noche no quise dormirme, aquellos sueños de ninfas oceánicas me aterraban como para querer dormir, pero el cansancio pudo más y terminé en una completa oscuridad, escuchaba chirridos y gemidos, sentía el tacto de manos y aletas sobre mi cuerpo, no eran roces eran indiscriminadas caricias, y escuchaba sonidos en la ventana, desperté en medio de la noche golpeado por un caracol que atravesó la ventana, cuando furtivamente me asomé por la ventana pude ver sensuales sombras nadando en el río, sentí terror corriendo por mi espina y sin recoger nada corrí hacia la civilización, lejos del río y de las sombras.
Corrí hasta el camino, donde escuché durante horas el silencio de la noche, donde el la total oscuridad me reconfortó, no había brisa, no había nada que causara sonido así que en el doloroso silencio esperé. Cuando el sol estuvo alto logré armarme de valor para regresar a la pequeña casa, el sol entraba por la ventana quebrada y en el suelo un caracol de mar, ese mismo día regrese a la ciudad. El terror me embargó durante semanas pero un largo proceso de racionalización me hizo calmarme y olvidar aquellas sombras sobre el río. El tiempo pasó y conseguí un trabajo, eran épocas de guerra, lo importante era sacar adelante a la nación, cada persona trabajaba poniendo su empeño casi ilógico en hacer su mayor esfuerzo, nadie pensaba, nadie hacía, simplemente flotábamos sobre la vida sin pensar en lo que queríamos.
Pero un día no solamente floté sino que me tropecé con ella, en la calle principal ella iba en contra de la corriente, se volteó y chocó conmigo, era hermosa, ojos azules y soñadores, piel blanca como la nieve y cabellos como hilos de oro, me vio a los ojos y siguió su camino, nunca pude dejar de pensar en ella, pensé que se convertiría en un recuerdo que eventualmente se perdería en la impresión de más cantidad de mujeres pero no mayor hermosura. Sus ojos bordeados de negro me observaban por la noche y había en ellos algo que me era familiar, casi cotidiano. Una tarde logré escaparme del trabajo, era un día de lluvia y la única protección en varias cuadras era un pequeño café, las gotas caían sobre la acera y se deslizaban por el camino hacía una ciudad gris por la indiferencia y por las nubes de melancolía. Una voz rompió con la concentración sobre las gotas de agua, era una voz suave, elegante, culta y algo tímida, no le puse mayor importancia pero el timbre despertó recuerdos que yacían en lo más profundo de mi memoria, en esos espacios donde solo los sueños se guardan, ella siguió hablando sobre un mocha y yo seguí despertando de mi letargo, volteé para verla, era ella, piel blanca, cabellos de oro, sombrilla oscura, blusa de seda, botones de cristales y una gran cruz de diamantes en el cuello, medias negras que ocultaban la exuberante blancura de las piernas y zapatos altos de cuero arruinado por el agua, el cuerpo comenzó a voltearse con una insospechada gracia, como si no quisiera voltearse pero lo hiciera con el mayor de los inocentes ánimos, luego los vi dos grandes ojos encerrados en líneas negras, dos grandes ojos llenos de agua y vida, de esperanza e inocencia, como si se encontraran en un perpetuo estado de sueño, los grandes ojos me vieron y una sonrisa tímida e incómoda por mi visión prosiguieron. Se sentó en una mesa cerca de la mía y sus labios se fruncieron para dejar entrar el líquido caliente en la boca, una servilleta esmerosamente doblada secó los labios rosados y delicados. Los dedos eran nerviosos, nunca dejaban de moverse, jugaba con sus pulgares, jugaba con los índices, jugaba con los restos de servilleta, jugaba con la taza hasta romperla, miraba hacia el cielo, las gotas de agua jugaban en su mente, seguía el ritmo de los golpes con las puntas de sus pies, no era amable, pero era adorable. No hablaba, no separaba los labios, estaba callada y silenciosa como si hablar fuera a romper su seguridad, respiraba profundo, respiraba rápido, miraba el reloj, miraba sus manos, miraba sus botones y arreglaba la cruz del cuello. Yo miraba sus ojos y me perdí en ellos, recordé aquellos sueños de monstruos marinos que me llevaban hasta la oscuridad y me seducían con su tacto, luego recordé los ojos de aquellos seres y eran sus ojos. Regresaba su vista a las gotas de agua y se perdía, soñaba y no dejaba de soñar, el café hace mucho se había terminado y la lluvia apenas había comenzado, ella soñaba y me hizo soñar. Soñé con una vida juntos, con los domingos lluviosos, con los martes ajetreados, con las visitas, con los paseos, con los amores y las peleas, soñé con ella, conmigo, con el futuro y con el amor, con el deseo y con el anhelo deseé hablarle, estar con ella, recoger sus escamas y acariciar sus agallas, y darle hijos al océano, ahogarme en las mayores profundidades estrangulado por un pulpo, mis partes comidas por los peces pero ella llevaría mi hijo y yo moriría con un marinero feliz. Desperté de mi sueño convertido en pesadilla cuando el sol estaba en lo alto y ella se alejaba por la acera, sentí horror por mi sueño y quise salir corriendo pero la mesera me detuvo para hacerme pagar, cuando me iba y me volteaba para ver que el peligro se fuera por el otro lado vi como ella se inclinaba para recoger algo del suelo, lo tomaba entre sus dedos y furtivamente volteaba hacia los lados verificando que nadie la viera, se reincorporó con una escama dorada entre los dedos, escapé, corrí con todas mis fuerzas y un poco más, temí. Desde ese momento no soy humano, soy un despojo, lo que quiere ser humano pero no puede, que ve a cada mujer con recelo y no duerme para no soñar pues ellas se encuentran detrás de los sueños y se esconden en cada sonrisa seductora, que invita con inocencia a recorrer el horror de un amor endemoniado.

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