Viendo las imágenes de Terry Richardson es fácil imaginarse el porque el mundo de la moda lo adora. Genera imágenes clandestinas, explosivas y sexuales que generan el deseo de integrarse a ellas y quien se escandalice por ellas es porque realmente se está muriendo de ganas de hacerlo.
El estilo que pareciera improvisado, completamente voyeurista crea la necesaria expectativa, curiosidad. Su liberación expulsa visualmente los deseos que la cultura exige ocultar.
Además es inevitable sacar conclusiones al comparar el discurso del fotógrafo que se erotiza a si mismo ante la modelo, el cual fue ejemplificado bellamente en Blow Up, con la ayuda de Verushka, y como eso nos lleva a esto. Mismo mensaje, dos momentos culturales diferentes, dos límites morales completamente alejados.
¿Es pornografía?, ¿es fotografía de modas?, quizá no sea ninguna de las dos, o la perfecta unión de ambos mundos. Viéndolo desde un punto de vista completamente capitalista es un genio: el sexo vende y el es un gran vendedor de sexo.













